Llega un momento en la vida, donde ya has vivido lo que
has tenido que vivir, has pasado por situaciones que no hubieras querido pasar,
y has experimentado cosas que te hacen ser quien eres hoy, aunque sigas aprendiendo, porque el que no lo sigue haciendo, es porque está muerto.
Llega ese momento en el que decides decidir.
Te vas haciendo un poco egoísta y te vas por lo que no
duele, no pincha, no aprieta, no llora, no araña, no aporta, provoca vacío, ríe, ama, te
hace feliz y te llena de energía. Te llena entero. Decides que no quieres nada
a medias, que lo quieres todo, sin miedos, sin tabúes, sin ataduras.
Decides que ya no tienes que demostrarle nada a nadie, que
quieres ser libre, libre de todo menos de tus pecados. Porque de pecados estamos
llenos. Porque los pecados nos hacen fuertes. Los pecados de haber amado lo
prohibido, de haber sido lo que la sociedad no te ha pedido. El pecado de vivir
plenamente.
Decides decir “no quiero”,
“no lo haré”, “no me gusta” o un simple “no” que te libera porque no estás aquí para
ser indispensable ni para enseñarle a los demás a caminar tu camino y mucho
menos el de ellos.
Decides que dar explicaciones está de más porque
simplemente no tienes que darlas. No se lo debes a nadie, ni a ti mismo.
Decides entender que si no sonríes porque
algo te está molestando, estás dejando oportunidades infinitas.
Pero llega ESE momento en la vida en el decides perder el
miedo y arriesgarlo todo, porque te hace aprender y porque nadie tiene la certeza de lo que pasará después.
A veces ir contra el viento te da otra perspectiva, sentir
el viento en la cara suele ser agradable, pero si vas con él, el paseo es
divino y el paisaje se disfruta aun más.

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